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Afuera llovía. Era un día gris como muchos otros en invierno. Los amplios ventanales desde los cuales se veía la calle y algunos árboles desnudos, parecían llorar. Podía vislumbrar un lejano reflejo de sí mismo en el frío y húmedo cristal. De vez en cuando veía algún transeúnte corriendo para refugiarse debajo de algún balcón para no mojarse. El reloj del campanario dio las 12.
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Estaba sentado en un banco de madera bastante incómodo de unos tres metros de largo con un reposabrazos totalmente plano y duro en cada extremo. El suelo era de mármol de color ocre. Estaba gastado y había perdido el brillo que sin duda tuvo el día de su inauguración hacía ya más de cien años. Había dos policías a su lado, también sentados en aquel incómodo banco. La gente pasaba delante de él mirándole con indiferencia, otros pasaban corriendo sin siquiera fijarse en él. De vez en cuando se oían tacones, sin duda de alguna letrada con aires de grandeza que iba a defender a algún pobre desgraciado para después poder lucrarse y al final del día darse un buen baño en su jacuzzi.
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Alguien salió de la sala indicándole a los policías que ya podían entrar con el acusado. Paquillo se sentó en una silla de plástico de color negro que estaba enfrente del juez. Le pusieron un micrófono del cual salía un cable que daba vueltas por el suelo y se enroscaba con onduladas y redondas formas y del cual no alcanzó a ver el final. Le recordaba al cable que usó hacía casi un mes para estrangular y matar a aquellos dos malnacidos.
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El juicio transcurrió como él se lo había imaginado; no había entendido nada. El contestó a lo que su abogado le preguntó tal y como lo habían ensayado en repetidas ocasiones. Al final se leyó la sentencia. Cincuenta años de condena, medio siglo de penurias, cinco décadas privado de libertad.
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Paquillo se levantó y se dirigió al juez con tono amable pero atrevido: “Oiga señor juez, ¿Qué tal si en vez de cincuenta lo dejamos en 45? Usted tiene cara de buena persona y de ser generoso” A lo que el juez le respondió: “Hombre, ya que es usted tan educado y veo que para nada rencoroso, no veo objeción a dejarlo en 45” Paquillo siguió hablando y dijo: “Ya que he comenzado a hablar, aunque no soy quien para dirigirme a su señoría con tanto descaro, digo yo que podría bajarlo hasta 40” “¡Hombre!, quien dice 45 también puede decir 40 – añadió el juez.” “Señor juez, – prosiguió Paquillo – ya que hemos llegado a 40, lo podríamos comprimir un poco y bajarlo a 30, ¿Qué le parece señor juez?” “Pues no me parece mal, podríamos apañarlo en 30 – dijo su señoría.” “Ya por no dejarlo así tan soso, digo yo, que 20 es un buen número – dijo Paquillo.” “Pues sí, es un buen número, ya que 20 son los años que tiene mi hijo – dijo el juez sin pensar.” “Y ya aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, por qué no dejarlo en 10, ni para mi, ni para usted ¿Hacemos trato su señoría? – prosiguió Paquillo.” “¡Adjudicado en 10 años! – sentenció el juez”
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Bastante ilógico, ¿verdad? ¿Quién en su sano juicio regatearía con un juez su propia condena, y qué juez en su sano juicio accedería al regate?
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Abraham se atrevió a hacerlo. No solo regateó, se atrevió incluso a darle a Dios una lección de moralidad. “Quizá haya cincuenta justos dentro de Sodoma: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él? Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío, y que sea el justo tratado como el impío; nunca tal hagas. El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Génesis 18: 23 – 25).
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O Abraham estaba loco para hablarle así a Dios, o tenía la suficiente confianza con Dios como para poder hablarle así.
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¿Qué nivel de confianza tenemos con Dios? ¿Hasta dónde llega nuestra intimidad con Él? Lo que me fascina de todo el pasaje no es el valor de Abraham para hablar con Dios en esos términos, sino la condescendencia y la dulzura del trato de Dios con Abraham y el ser humano. Abraham regateó con Dios hasta diez, ¿y si hubiera regateado hasta uno? ¿Y si le hubiera pedido a Dios que no destruyera Sodoma simplemente por amor a él, a Abraham? ¿Hubiera accedido Dios a esa pretensión? Abraham puso en práctica algo que siglos después escribiría el autor de Hebreos en el capítulo 4 y versículo 16: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” Esta es la clave, la confianza.
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¿Cómo se adquiere la confianza? Con el contacto, el roce diario. Nadie confía en un desconocido. Para acercarte con confianza a Dios tienes que conocerle, pero sobre todo, dejar que El te conozca a ti. Abraham alcanzó misericordia y halló gracia; sí, es cierto que al final Sodoma fue destruida porque no había ni siquiera diez justos en esa ciudad, pero ¿qué habría ocurrido si Abraham siguiera regateando? ¿No habría hallado gracia para el oportuno socorro?
Daniel Rodríguez González
